Aquí ya no manda nadie
El primero, Enemigos Públicos. No es que no tuviera, entiéndaseme, alguna esperanza de encontrar algo la suficientemente decente como para disfrutar en paz, y hasta con algarabía y jolgorio, de mi debilidad por los años 20 (o 30, ustedes me entienden), los subfusiles Thompson, la estética gangster-durante-la-ley-seca, el traje elegante tatuado al cuerpo, y esos coches tan bonitos con puertas que se abren al revés y que nunca deberían haber desaparecido. No es tampoco que yo le tenga una ojeriza específica a Michael Mann. Pero hacía tiempo que no sentía la necesidad de levantarme de una sala e irme… por puro aburrimiento.
Al principio, Enemigos Públicos consiguió crearme expectativas: planes de huida, trajes y ametralladoras, prisiones de imponentes muros, atracos con saltitos y tiroteos, y disparos gruesos y atronadores. Ya ven que me conformo con poco: un poco de contundencia y elegancia, y a mí ya me va bien. Pero pronto la película se convierte en un despropósito de personajes abocetados, de intentos de dibujarlos con tres líneas maestras y acabar, más bien al contrario, desdibujándolos. Sartenadas de clichés más maltratados que usados con astucia, personajes y situaciones que narrativamente aportan poco o nada más que más minutos de tedioso metraje, una dualidad moral (la que establecerían Dillinger y Purvis) por la que se pasa de puntillas (aunque tal y como está el patio, casi gracias), una historia de amor manida, resobada y, aún peor por ello, vacía de contenido más que como mecanismo narrativo pobretón, y unas secuencias de acción en las que poco hay que salvar más que agujeros de bala como puños: ni emoción, ni estética, ni narración, ni risas… Y de la textura del digital no hablo, porque qué secuencias más feas, qué aspecto de telefilm de miércoles a mediodía… Tan contradictorio con las ínfulas del Hollywood más grandilocuente que se gasta la cinta (ejem, bueno, cinta no, vaya) que me sorprendí a mí mismo como integrista del rollo y el negativo.
Mis ganas de levantarme del cine, en cualquier caso, se vieron satisfechas un par de días más tarde, cuando acudí a ver, de una vez por todas, Brüno. Miren que a mí Baron Cohen nunca me ha hecho excesiva gracia, pero Borat me sorprendió muy gratamente por ese jugar a confrontar a gente de bien (en su acepción literal y en la que lleva un sonoro retintín) con situaciones y comportamientos ridículos, ajenos o directamente ofensivos. No deja de ser sano, aunque incómodo, que a uno le cuestionen sus credos, sus verdades y sus costumbres – lo que viene siendo su cultura – desde la misma base. Sentir que algo está intentando dinamitarnos desde nuestros cimientos es un buen ejercicio de tanto en tanto, aquí y allá. No necesariamente agradable, pero sí revelador, ya sea vivido en carne propia o a través de la mucho más llevadera ficción y el mucho más liberador y catártico humor.
Así que, sí, Borat resultó interesante y descacharrante en sus mejores momentos, principalmente porque todo destilaba veracidad: los sujetos de los despropósitos de Borat parecían en todo momento ajenos al chiste y a la actuación de Sacha Baron Cohen. Cosa que no he sentido en ningún momento viendo Brüno. Dudo entre si achacar mi rechazo a la demasiado evidente intención narrativa - ese contar una historia que articule las diferentes situaciones que en Borat se cohesionaban de forma mucho más natural en su estructura de road movie para-documental – o a unos resultados más bien pobres frente a las barrabasadas del nuevo personaje de Baron Cohen, y con los que éste ha tenido que apañarse. O tal vez se trate simplemente de que tanto chiste de caca-culo-rabo-follar-pedo-pis no consiguió arrancarme la sonrisa, mucho menos la carcajada, casi unánime en la sala de cine.
Resultó reveladora la reacción del público que me rodeaba ante una escena que me dejó impasible: el momento en que Brüno acude a un adivino y realiza una ficticia felación al fantasma de Rob Pilatus. ¿Me permiten que divague un momento…?
Desde mi punto de vista, el chiste debería estar en la reacción de la persona ajena a la broma-ficción de Cohen, muy discreta en este caso y, por tanto, poco explotable. Las risas, en cambio, surgían como respuesta a los gestos de un Cohen metiendo dedos en anos imaginarios, moviendo la lengua enloquecidamente y escupiéndose en la mano. Síntoma de que alguien en la sala no estaba entendiendo nada: tal vez ellos, aunque tal vez yo…
Cuando un gag que conceptualmente debería ser demoledor tanto para el espectador como para el extra involuntario de la película – aquél en que Brüno saca a un niño africano adoptado de una caja de la cinta de equipajes de un aeropuerto -, apareció en la película casi como una simple nota a pie, sentí un tremendo gatillazo humorístico y unas tremendas ganas de huir de la sala. Luego llegaron los padres de los bebés actores de anuncio, acabé por constatar que todo parecía excesivamente actuado y guionizado, que nada de lo que encontré en Borat estaba aquí realmente, y huí de la sala.
Con esto no quiero decirles nada, claro. Es muy sintomático de mi llegar tarde a todo lo que tenga que ver con actualidad el que les cuente ahora de estas dos películas. Pero eh, algo tengo que ir haciendo mientras pienso qué contarles de aquello que prometí sobre Aquí manda Wicked Wanda. Estamos calentando en esta santa casa…
